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perdiendo la escala

Gala entre las piedras bajando del cráter. Las piedras están cerca, Gala está muy lejos.

Hace sol pero hace frío. La nieve parece ahí nomás pero está acullá.

Ivan caminando por el valle de ceniza

Posteado hace 10 años
TAGS: ceniza, chile, crater, cráter navidad, gala, ivan, lava, lonquimay, malacahuello, nieve, volcán
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Lonquimay

El día anterior habíamos llegado al pueblo de Malalcahuello y no paraba de llover. El guardaparques nos dijo que no podíamos subir al volcán porque arriba hacía mucho viento y estaba cayendo aguanieve. Decidimos esperar para subir al día siguiente aunque el pronóstico del tiempo decía que iba a seguir lloviendo. Amaneció con sol.

Subimos por una carreterita en medio de un bosque frondoso, entre ríos y pequeños lagos. A un lado de la carretera, gallinas, ovejas y caballos nos veían pasar indiferentes. La carretera se convirtió en terracería y seguimos subiendo rodeados de araucarias, esos extraños árboles andinos. De pronto, después de una curva, llegamos a Marte.

Todo había desaparecido, las araucarias, las plantas, las gallinas, la vida. El camino iba ahora por montañas de grava negra rodeadas de más montañas de grava negra. Habíamos llegado a las faldas del volcán Lonquimay.

Seguimos avanzando rodeados de ese paisaje insólito hasta que llegamos al sendero que iba hasta el cráter Navidad. El 25 de diciembre de 1988, el volcán hizo erupción dando origen a ese cráter (de ahí el nombre).

Dejamos el coche y empezamos a caminar por el sendero, que en realidad solo estaba marcado cada tanto por estacas de madera clavadas en la inmensidad de la ceniza negra. Al no haber puntos de referencia, la escala se pierde. Parecía que el cráter no estaba tan lejos pero estaba lejísimos, parecía que no estaba tan alto, pero estaba altísimo.

Llegamos por fin a la boca del cráter y vimos el enorme valle hacia abajo. Todo estaba cubierto por ríos de lava petrificada. A lo lejos, muy lejos, estaban las montañas verdes que la lava no alcanzó. Detrás de nosotros, el cráter principal del volcán, con la punta cubierta de nieve. El cielo era azul y seguro se veía tan intenso por el contraste tan fuerte con el infinito gris y negro que nos rodeaba. La subida y la vista nos quitaron el aliento.

Después de un rato, emprendimos el regreso. Cuando llegamos al coche, llegaron las nubes. Nos fuimos bajo una lluvia torrencial. Así pasa en Marte.

 

Posteado hace 10 años
TAGS: chile, crater, cráter navidad, lava, lonquimay, malacahuello, malalcahuello, volcán
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Oír al volcán

Fuimos a visitar el volcán Masaya por la tarde. Habíamos reservado un espacio en la visita que hacen en la noche y que empezaba una hora antes del atardecer. La idea era ver el cráter del volcán y después entrar a las cuevas (formadas por ríos de lava hace cientos de años) de las que salen cada noche miles de murciélagos.

 

Ya la subida hacia la punta del volcán era un espectáculo. Todo lo que se veía alrededor era piedra volcánica cubierta por un pasto corto de color verde claro que brillaba con la luz de la tarde.  Como una escena de Heidi corriendo por campos lunares.

 

Llegamos al cráter  Santiago con luz de día. Un boquete enorme del que salía humo (como un vapor blanco) sin parar. El cráter está activo y parece que la salida de los gases es lo que mantiene al volcán tranquilo.

 

Al acercarnos a la boca, los gases tóxicos se sintieron intensamente haciendo que los ojos nos ardieran y no se pudiera respirar muy bien. Estuvimos en ese punto solo 15 o 20 minutos y seguimos agradecidos hacia el siguiente cráter (el volcán tiene tres, y sólo Santiago está activo), un poco más alto que el anterior. La vista desde el cráter Masaya al atardecer era hermosísima. En medio de un enorme valle color verde intenso, se veían a lo lejos otros volcanes (cómo caben tantos en un país tan pequeño) y el lago Masaya.

 

Bajamos ya oscureciendo y fuimos a visitar las cuevas con casco y linterna. Recorrimos 380 mts de la primera en total oscuridad, por corredores húmedos de piedra y raíces colgantes de árboles y al salir fuimos a ver la segunda, a la que no entramos porque está llena de murciélagos (y guano). Nos paramos al centro de la entrada mientras cientos salían esquivándonos a velocidad estrepitosa.

 

Parecía que el recorrido se estaba terminando pero entonces regresamos al cráter Santiago (del otro lado de los humos asfixiantes). Ya era de noche y caminamos hasta un pequeño mirador de madera desde donde se veía el fondo del gran agujero volcánico. Y entonces sucedió lo más impresionante. Oímos al volcán. Desde la profundidad crujía, bufaba, gruñía.

 

Un volcán es una montaña viva. Sentimos su vaho tóxico y vimos el paisaje recuperando su fuerza poco a poco, después de siglos de haber sido sepultada por la lava candente que acaba con todo y que tiene la fuerza imparable que abre corredores subterráneos en la piedra. Fuerza que es vida y destrucción. Parados al borde del precipicio oímos la tierra. Y entonces guardamos silencio.

Posteado hace 10 años
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volcán

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Boca del Infierno

Posteado hace 10 años
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Laguna de Apoyo

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manantial volcánico

Posteado hace 10 años
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